29 de junio de 2014

The great escape

Un domingo sin salida, como todos los domingos…


Un mal día, buscando una salida
en casa, buscando la manera de escaparse

Sube al coche y se va
lejos de todo lo que somos
Fuerza una sonrisa
la inhala y la exhala, y dice:
Adiós, adiós, adiós a todo el ruido
dice, adiós, adiós, adiós a todo el ruido

Escucha pequeño, las cosas no están bien
no pasa nada, no siempre hay que ganar
No tengas miedo, trágate todo lo gris
y se irá desvaneciendo
No te dejes caer

Un mal día,  buscando la manera de escaparse
Él dice, qué mal día, buscando la manera de escaparse
En un mal día, buscando la manera de escaparse, el gran escape

Patrick Watson – The great escape

23 de junio de 2014

El pibe que arruinaba las fotos

Hace aproximadamente ocho años, yo era el feliz poseedor de un dinosaurio con forma de PC, que al encender sonaba casi igual que una licuadora triturando hielo. Me conectaba a internet después de medianoche, porque a esas horas el Dial-Up funcionaba mejor, las páginas se cargaban sin tener que esperar una eternidad. (De madrugada, el tiempo de espera se reducía a media eternidad, y eso ya era un gran alivio)
Una de esas noches, mientras navegaba sin rumbo fijo, llegué a la página de Hernán Casciari. Y recuerdo haber llorado por primera vez, frente a la pantalla de mi querido y ruidoso dinosaurio.
Este fin de semana terminé de leer “El pibe que arruinaba las fotos”, y fue inevitable el recuerdo de aquellas lágrimas, de hace aproximadamente ocho años atrás.


– Editado –
Me preguntaron qué significa la palabra “pibe”…
Es un localismo, en Argentina significa niño o chico. Como “chavo” en México; “botija” en Uruguay; o "chaval" en España…   

...La mujer que es mi madre aprovecha su primera soledad para desahogarse sin testigos. No ha podido hacerlo antes porque no tuvo un segundo sin compañía, sin abrazos o presencias. Se ha mostrado fuerte en todas partes: serena en el salón y en los pasillos de la casa velatoria, y también entera en las calles del cementerio, frente a la bóveda. Saludó, besó y agradeció a todo el mundo; cabizbaja y líquida, es verdad, pero sin desbordes. Ha durado cincuenta horas sin hacer un solo escándalo en público. Ahora, por fin, está sola. Se pone a gritar como si la hubiesen quemado.
Lejos de allí, cruzando el peaje de Luján-Mercedes, uno de mis sobrinos, Tomás, observa el celular que maneja Manuela, su hermana. No es el teléfono de siempre, el rosa de juguete, sino uno distinto de color negro, que parece real. El hermano pregunta:
—¿De dónde lo sacaste?
Manuela no le responde y se queda mirando por la ventanilla. El hermano insiste:
—¿Es un teléfono de verdad?
Entonces Manuela se acerca a su oído y le contesta, en voz muy baja para que sus padres no la escuchen:
—Es el celular del abuelo Roberto —y también dice—: tiene crédito.
Como se ve, lo que va a pasar dentro de un rato no tiene nada que ver con un milagro, pero sigamos con los hechos naturales.
En la que fue mi casa, en la que es mi casa, la mujer sigue con sus gritos. No son lamentos al azar, no son aullidos ni onomatopeyas salvajes, sino preguntas retóricas dirigidas a su esposo, en tono de reprobación y con timbre de barítono. La mujer le reprocha al marido, en voz alta, la poca consideración que tuvo al morir, de un modo tan repentino y a destiempo. Se levanta del sillón y le habla. Las frases que dice no tienen sentido, por lo menos no en el terreno de la lógica, pero a la viuda le bastan y le sobran para desahogarse.
Ella sabe que gritar ¡por qué te tuviste que morir! no sirve para nada, pero lo dice de todas formas. Y lo repite, y lo repite una vez más, porque los reproches inútiles, en las casas vacías, suenan mejor con la insistencia…
...En el coche dos de mis sobrinos duermen; Manuela no. Ella sigue mirando las luces por la ventanilla, con el teléfono todavía en la mano. Se llevó ese teléfono porque nadie más lo iba a usar, y porque ella todavía no tiene uno. Más tarde confesaría que no fue un robo. Dos o tres veces quiso pedírselo a su mamá, pero ella siempre estaba llorando o dejándose abrazar por gente. En un momento se lo mostró a su abuela y le dijo, con mucha vergüenza:
—Chichita, ¿lo puedo usar yo ahora?
Y su abuela hizo que sí con la cabeza, pero era un sí a cualquier cosa, no estaba mirando a ninguna parte. Por eso ahora la chica piensa en la abuela triste, en su cara de agotamiento y pena, y siente culpa por haberla dejado sola, en Mercedes. Se despidieron en la puerta, sus padres le ofrecieron quedarse, o que se fueran todos a La Plata, pero la abuela no quiso.
—Alguna vez tengo que estar sola —dijo, y se encerró.
Su abuela es fuerte, piensa Manuela, ella no se habría animado a quedarse sola tan pronto. Es fuerte pero está triste. En once años, en toda su vida, Manuela no había visto nunca a Chichita con los ojos sin brillo. Entonces abre el teléfono y le escribe.
El hilo y las marionetas se unen en este segundo, porque al mismo tiempo que la nieta pulsa la primera letra del mensaje, la viuda, que conversa en casa con su esposo, le está pidiendo una señal al muerto.
—Dame una señal —dice la mujer, que es también mi madre, mirando el sillón vacío.
No es increíble, no es mágico que Manuela escriba su mensaje en este punto de la historia. Bien mirado, es natural. Es cierto que también pudo haber ocurrido primero una cosa y mucho después la otra, incluso con horas de diferencia, pero están pasando las dos a la vez y no debe asombrar a nadie.
La chica escribe en el coche mientras la mujer, en su casa, le pide a su marido —en voz muy alta— que le dé una señal. También le pregunta qué hará ella ahora, sin los hijos y sin él; cómo se recompone la rutina; dónde están las facturas y cómo se pagan; quiere saber si el tiempo cura; pretende que él la ayude a tramitar la pensión; le pide otra vez una señal; le dice que tendría que haber sido al revés, y dentro de veinte años; pero sobre todo al revés.
Mezcla la desesperación filosófica con el planteo doméstico, a veces en la misma frase. Habla con serenidad, pero ya sin control, a la vez que Manuela redacta una frase muy simple, de cuatro palabras, a sesenta kilómetros de allí:

—NO ESTÉS TRISTE, DESCANSÁ —

Es lo que escribe mi sobrina, y envía el mensaje. Después acomoda la cabeza en el hombro de su hermano, y se queda dormida…
…Entonces suena, en la casa vacía, el teléfono móvil de la mujer. Ella se queda con la palabra en la boca y camina hacia el milagro falso, mientras se pone los lentes de leer de cerca. Observa, en la pantalla del teléfono, una frase imposible, en letras mayúsculas:

ROBERTO HA ENVIADO
UN MENSAJE DE TEXTO

La mujer, que es también mi madre, presiona un botón y repasa las cuatro palabras que hace diez segundos ha escrito Manuela desde el coche.

 —NO ESTÉS TRISTE, DESCANSÁ —

Se queda un rato largo mirando la pantalla, con los dedos inmóviles. No parpadea ni respira. Tiene la luz verde del teléfono en los ojos, y los ojos muy abiertos.
Después la mujer sale del comedor más serena, sin mirar el sillón ni decir una palabra más. Tiene la garganta seca de tanto monólogo. Apaga las luces de la cocina, entra a su cuarto y se acuesta. Se queda dormida y descansa.

Hernán Casciari — El pibe que arruinaba las fotos

16 de junio de 2014

Arte urbano

Es una pena que en Buenos Aires le demos tan poca importancia al arte urbano, se ven algunas cosas, pero la gran mayoría son muy poco originales. Hasta ahora, lo único que realmente me ha sorprendido, es un mural que da sobre el Parque Rivadavia. Se ve bastante bien desde la calle Rosario, pero hay que mirar con mucha atención. Supongo que miles habrán pasado por ese lugar, y jamás se han dado cuenta que esas cuatro ventanas del edificio de Telefónica, están pintadas.  




Otras “intervenciones urbanas”














11 de junio de 2014

Voces en la noche

En una ciudad imaginaria, irreal, azotada constantemente por una ola de calor insoportable; un vendedor mayorista de lencería femenina, tratará de descubrir quién es el desconocido que destruirá a la literatura. Obligado, y al mismo tiempo denigrado por las voces que escucha por las noches, la misión del vendedor será la de matar al desconocido y así salvar a la literatura.
“Voces en la noche” es una novela encantadora, increíblemente bien escrita, sorprendentemente inteligente, con personajes y situaciones que rozan el límite de lo absurdo. El protagonista, un vendedor completamente chiflado que a cada rato pisa caca de perro, y que lleva a todas partes una valija enorme y muy pesada. Boris, que acaricia la lencería femenina que compra para su negocio, con una insistencia cercana a la perversión. Estanislao, otro comprador, que inexplicablemente, siempre está de perfil. La misteriosa señora Tokoyama. Anselmi, un comerciante estafador e inescrupuloso, que se cree buen escritor. El pequeño hijo de la dueña de la pensión, que se arroja encima del vendedor cada vez que lo ve llegar, y que siempre tiene un insoportable y penetrante aliento a pan con manteca. Y hasta un herrero -de profesión herrero- que se llama Gregorio Herrero… Todo lo necesario, para componer una novela fantástica, con el agregado de un sutilísimo humor literario. Me gusta mucho Blaisten, sin duda, fue uno de los grandes escritores argentinos.


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“Y deberás destruir a aquel que es pestilencia en la oscuridad, o provocarás nuestra ira. Y cuando te acuestes tu sueño no será grato y no conocerás cordura y nunca más oirás la voz de la tórtola y sólo oirás chasquido de látigo y fragor de espanto.”
Fue la primera vez que oyó las voces. Empezaron como un murmullo lejano y tumultuoso, después se fueron acercando hasta que estallaron todas juntas en un grito unánime. Comprendió que era inútil taparse los oídos. Y supo que en el límite justo del dolor iba a surgir siempre la voz de la señora Tokoyama. Y aprendió a esperarla.

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“Han desfallecido nuestros ojos esperando en vano tu socorro. Castigaremos tu iniquidad y nos burlaremos cuando todo el mal que has temido venga hacia ti y cuando a ti sólo venga tribulación y angustia, menesteroso de muladar”, fue lo más edificante que las voces le gritaron esa noche.
Entonces llegó la dulce voz de la señora Tokoyama que le recitó un haiku donde la paloma le aconseja al búho que cambie su expresión, porque llegó la primavera.
A continuación, le leyó una enseñanza: “Caminaba el maestro pensando en que estamos hechos de alternancias y mutaciones, cuando a la vera del camino vio a una anciana que freía pastelillos y los vendía a los paseantes. Tentado, el maestro pidió uno, lo comió, lo halló bueno a su espíritu y pidió otro. Y así pidió otro y otro más hasta terminar toda la fuente de pastelillos que había freído la anciana. Cuando llegó el momento de pagar, el maestro dijo: ‘Lo sombrío retrocede ante lo luminoso y lo luminoso marca el camino de la rectitud’. La anciana le arrojó el aceite hirviendo a la cara. La quemadura que en forma de loto atraviesa el rostro del maestro hoy es venerada por los discípulos.”

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Las voces lo conminaban a los gritos: ¿qué esperaba él para salvar a la literatura, para quitar de ella todas sus idolatrías y todas sus abominaciones? Basta, gritó él tapándose los oídos. Y de pronto surgió nítida y melodiosa, la voz de la señora Tokoyama que le recitaba un haiku donde alguien se baña con agua fría y no sabe dónde tirar el agua que le sobra.

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“Y tu camino será en la oscuridad y no sabrás con qué tropiezas, y huirás en la noche sin que nadie te persiga y el lobo de los páramos te seguirá con su aullido y las comadrejas del alba te lamerán la oreja para que nunca duermas, retardado.” Fue lo más auspicioso que le gritaron las voces esa noche. Con las manos en los oídos, ansió escuchar la voz de la señora Tokoyama. Entonces, con ese dejo oriental, la señora Tokoyama le recitó un haiku donde un agricultor con un nabo en la mano señalaba a los caminantes el camino a tomar.

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De los nuevos clientes, el más cercano a “dar el perfil” del desconocido había resultado ser el dueño de “Lencería y Mercería La Valenciana”. Ciertos giros, ciertos desprecios lo asemejaban a Anselmi. Él le había preguntado si lo conocía y el dueño de “La Valenciana” había dicho que no, pero expresiones como “la anécdota no interesa, sólo el lenguaje” él ya se las había oído a Anselmi. Indagó e indagó en cada venta, pero era inútil, no lo conocía.
El hombre daba la impresión de estar siempre enojado, mostraba siempre un solo lado de la cara y, cejijunto y cariacontecido, miraba al sesgo.
A diferencia de Boris, que amaba los corpiños, Estanislao (se llamaba Estanislao) odiaba la ropa interior femenina, estrujaba los camisones y apartaba con desprecio los babydolls. No obstante, compraba.
A veces, repentinamente se quedaba callado mirando un punto en la vidriera y su rostro, inmóvil, siempre de perfil, asumía todos los matices del color de las letras pintadas en el vidrio; del índigo al escarlata, todas las variantes del rojo se encendían al lento paso de la luz. En cada visita él trataba de descubrir dónde había visto antes esa cara. Por fin lo descubrió. Era idéntico al dibujo de Leonardo, el de la cabeza del dios Marte, pero sin el casco.
De perfil, Estanislao dictaminó:
– Todos escriben igual.
Él eso ya lo había oído, en tardes desvaídas, en bares ensordecedores, en departamentos rumbosos o en patios con malvones. En algún momento, después de un silencio significativo, siempre alguien decía: “Todos escriben igual”.
– Y, ¿quién copia a quién?
Había dicho él para hacerse el gracioso. Pero a Estanislao no le causó ninguna gracia. Estaba más de perfil que nunca.

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“Y serás lagartija y no hallarás ni una sola grieta en la muralla y no tendrás donde guarecerte y el mercader de rostro alegre que regresa del festín te pisoteará sonriendo”. Fue lo más prudente que las voces le gritaron esa noche, hasta que surgió la señora Tokoyama que le recitó un haiku donde hay uno que explica que debajo de los cerezos en flor no hay nadie.
Inmediatamente le leyó una enseñanza: “A la sombra de un ciruelo el maestro sintió que la sabiduría era una amalgama de oro líquido que caía sobre él en gotas lentas, refulgentes y pesadas. Los discípulos lo vendieron en la frontera por treinta y siete dracmas al jefe de la caravana que seguía la ruta de la seda”.

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“Heredarás necedad. En ninguna de tus labores habrá fruto, y el necio te medirá con su vara de soberbia, y serás tullido y correrás carreras.” Fue lo más sobrio que le gritaron las voces ni bien intentó dormir, hasta que la señora Tokoyama le leyó un haiku donde un luchador de sumo le informa a su mujer que perdió el combate. “Combate perdido”, dice el luchador.
De inmediato le leyó una enseñanza: “El maestro y sus discípulos fueron invitados a palacio. Cuando los músicos se retiraron, el maestro sostuvo ante sus discípulos que la música seguía sonando en los jarrones de jade. Para comprobarlo, introdujo la cabeza en uno de ellos. Con el último martillazo el maestro abrió los ojos y pudo respirar. Los discípulos hicieron una colecta. Consiguieron un jarrón parecido, pero no igual”.

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“Y serás rijoso y te asolará el deseo y errarás en comarca desolada y no hallarás mujer alguna, ni virgen ni virtuosa ni venal meretriz ni prostituta amancebada, y bramarás como el ciervo, junto al torrente seco.” Fue lo más obsequioso que las voces le gritaron esa noche, hasta que la señora Tokoyama con su voz y su decir le recitó un haiku donde hay uno que se hace un tatuaje con cinabrio y se pincha un dedo.
De inmediato le leyó una enseñanza: "Omnicomprensivo, intuyendo los signos de sus infinitos atributos, remontando el camino que bordea al monasterio, en un súbito relumbre de iluminación espiritual, el maestro supo que todas las predicciones pueden hacerse y todos los vaticinios pueden cumplirse. No vio ni el convertible que conducían unos turistas provenientes de un lejano país sudamericano, ni el macetón de lirios que cayó sobre su cabeza desde la terraza del monasterio".

Isidoro Blaisten – Voces en la noche

6 de junio de 2014

"ahora sé que tengo corazón      
porque se me está destrozando"

se quitó el abrigo… y los remaches crujieron
ella miró sus manos… oxidadas de recuerdos
y una lágrima rodó sobre su mejilla de hojalata  

1 de junio de 2014

Cine en casa IV

Exnovia era una especie de enciclopedia viviente del cine, sabía todo, absolutamente todo sobre el séptimo arte. Conocía los nombres de los actores de reparto en las películas de Kieslowski, descubría todos los mensajes ocultos en las películas de Tarantino, y hasta le encontraba sentido a las películas de Kurosawa.
Así que, cuando había que ver una película, exnovia era la que decidía. Discutir con ella sobre cine, era imposible.
Un día se apareció con Everyone says i love you de Woody Allen, un musical… ¡¿Un musical?! le dije, con cara de haber tragado un sorbo de leche agria.  
Bueno, es que no me gustan los musicales. (En el teatro es diferente, se pueden disfrutar muchísimo, pero en el cine siempre me parecieron insoportables). Que alguien se ponga a cantar en medio de un diálogo, y que el otro se le quede mirando, con cara de no saber qué hacer, es insufrible.
Pero exnovia tenía razón, como siempre. Me lo advirtió: Everyone says i love you es una película maravillosa. Y claro, me gustó muchísimo. Aunque es un musical hollywoodense clásico –irritantemente clásico– con personajes aburguesados que no tienen nada mejor que hacer, que ponerse a cantar y a bailar a cada rato...
Ayer la volví a ver, y me volvió a gustar muchísimo.

Nunca le encontré sentido a los rankings, pero más de una vez he leído que esta escena, está considerada como una de las diez más bellas de la historia del cine. 




Ya no creo en el amor, no volveré a caer
Le dije adiós al amor, no vuelvas a llamarme
Porque te tengo a ti, o no tengo a nadie
Así que ya no creo en el amor

Cerré mi corazón, guardé mis sentimientos
Llené mi corazón de aire helado y gélido
Y ya no quiero querer a nadie
Porque no creo en el amor

¿Por qué me hiciste creer que podía importarte?
Si no me necesitabas, si tenías esclavas a tu alrededor
Que te perseguían y te juraban profunda emoción y devoción

Adiós a la primavera y todo lo que significaba para mí
Ya no puede darme las mismas cosas que antes
Porque te tengo a ti, o no tengo a nadie
Así que ya no creo en el amor