19 de diciembre de 2013

Smartphone


Dicen que ahora los teléfonos son “inteligentes”, pero parece que sus dueños no lo son tanto.
Ya casi resulta imposible hablar con alguien durante cinco minutos, sin que la charla se interrumpa varias veces por culpa de un llamado o un mensaje. Y ni siquiera se disculpan por la interrupción, directamente te dejan colgado a mitad de una frase, clavan los ojos en la pantalla del teléfono y se transportan a una especie de realidad paralela. (Realidad paralela que no te incluye, claro).
Si vas a un recital y no tuviste la suerte de pagar para estar en la primera fila, lo único que vas a ver, es la pantalla de cinco pulgadas del subnormal que tenés adelante. (Y en medio de una multitud, y siendo minoría, no es muy recomendable tocarle el hombro al subnormal y decir: - Disculpame, yo pagué para ver el espectáculo, no para ver ¡TU TELÉFONO!)
Si vas a un cumpleaños te vas a perder el momento en que el homenajeado sople las velitas, porque el cumpleañero quedará sepultado bajo una multitud de aparatos filmadores de todo tipo y tamaño. (El colmo lo vi en el último cumpleaños al que asistí, el propio homenajeado se filmaba a sí mismo, mientras soplaba las velitas).
Se supone que entre otras cosas, el placer de ir a comer a un restaurante, pasa por disfrutar de un buen plato de comida. Error. El placer pasa por sacarle varias fotos al plato de comida, elegir la mejor, subirla a una red social y no sacar la vista de la pantalla del teléfono hasta que alguien comente la bendita foto. (Ese es otro ámbito en el que uno queda como un desubicado si dice: - Disculpame, pero me parece que se te está enfriando la comida).
Hasta no hace mucho tiempo, si te separabas, dejabas de ver a tus ex parejas. Pero las cosas han cambiado, ahora las ex parejas están por todas partes.
- ¿Amor, quiénes son esos que te mandan mensajes todos los días?
- ¡Ay, vos siempre igual, no seas tonto! ¡Son amigos!
Inevitablemente, durante mi adolescencia, estuve muy pendiente del aspecto físico de las chicas que me gustaban. Después, con el tiempo, me di cuenta que un buen cuerpo no hace mucha diferencia. Entonces busqué por el lado de "la inteligente", pero descubrí que eso tampoco es importante. Pensé que había encontrado el equilibrio justo, cuando imaginé que por sobre todo, tenía que buscar a una buena persona. Pero no, eso tampoco es importante. Ahora ni siquiera me preocuparía estar en pareja con una mala persona. Lo único que quiero, lo único que me importa, es que no tenga un smartphone.  





7 de diciembre de 2013

El amenazado

Hay días en que adentro llueve, aunque afuera un sol rabioso, insista en convencerme de lo contrario.


Es el amor. Tendré que ocultarme o huir.             
Crecen los muros de su cárcel, como en un sueño atroz. 
La hermosa máscara ha cambiado, pero como siempre es la única. 
¿De qué me servirán mis talismanes:      
el ejercicio de las letras, la vaga erudición,            
el aprendizaje de las palabras que usó el áspero Norte
para cantar sus mares y sus espadas, la serena amistad,          
las galerías de las bibliotecas, las cosas comunes, los hábitos,         
el joven amor de mi madre, la sombra militar de mis muertos,            
la noche intemporal, el sabor del sueño?        
Estar contigo o no estar contigo, es la medida de mi tiempo.         
Ya el cántaro se quiebra sobre la fuente,
ya el hombre se levanta a la voz del ave,
ya se han oscurecido los que miran por la ventana,          
pero la sombra no ha traído la paz.         
Es ya lo sé, el amor: la ansiedad y el alivio de oír tu voz,          
la espera y la memoria, el horror de vivir en lo sucesivo.
Es el amor con sus mitologías, con su pequeñas magias inútiles.             
Hay una esquina por la que no me atrevo a pasar.            
Ya los ejércitos me cercan, las hordas.  
(Esta habitación es irreal, ella no la ha visto)        
El nombre de una mujer me delata.         
Me duele una mujer en todo el cuerpo.

Jorge Luis Borges 

4 de diciembre de 2013

1 de diciembre de 2013

Excremento de paloma

Ayer, más o menos a las cinco de la tarde, subía por las escaleras de la estación Callao del Subte B. A mi lado iba una chica: cabello rubio planchado, vestidito de hilo color marfil, unos veinticinco años de edad… Casi nos chocamos cuando llegamos al último escalón, justo antes de pisar la vereda. Íbamos en direcciones opuestas, ella para el lado de la librería Zivals, yo a cruzar la avenida Corrientes. Nos miramos fugazmente, a los dos se nos dibujó en el rostro una sonrisita boba, a causa del pequeño incidente. 
Di un paso al costado para dejarla pasar, y al mismo tiempo escuché un alarido ahogado, muy agudo. Giré y volví a mirar a la chica: una generosa -muy generosa- cantidad de excremento de paloma se había derramado sobre su frente, le recorría parte de la nariz y le manchaba los labios. Ella me miró desencajada, horrorizada, casi con la misma expresión de Linda Blair en algunas escenas de “El exorcista”
Le ofrecí un pañuelo. (Para esta época del año siempre llevo pañuelos descartables, la "pelusa" de los "plátanos de sombra" suele provocarme estornudos a repetición). Ella se limpió parte de la cara, miró la caca que quedó adherida en el pañuelo y volvió a soltar otro alarido, más ahogado y más agudo que el primero. Después de ofrecerle cuatro pañuelos más, y de que ella soltara sus cuatro alaridos correspondientes, intenté calmarla. Le dije que se quedara tranquila, que ya estaba limpia, que no tenía nada… Entonces sorpresivamente, apareció una segunda chica en escena.

- ¡Pili! ¡Pili! ¡¿Qué te pasa?! ¡¡¡¿Qué te pasa?!!! (La agarró por los hombros y la sacudió varias veces)
- ¡Lau!... (Fue lo único que llegó a decir Pili, con un hilo de voz y todavía poseída por el espíritu de Linda Blair)

Lau soltó a Pili, hizo una pausa, su cuerpo se tensó. Y como entendiendo por fin qué le había pasado a su amiga, dio media vuelta violentamente y me miró con furia. Arremetió y me empujó, pero no logró moverme. Entonces embistió con más fuerza, una vez, y otra vez más. Perdí el equilibrio y fui a dar casi contra la vidriera de Zivals. Para cuando reaccioné, me di cuenta que varias decenas de personas me rodeaban, se habían detenido a observar el incidente y me acosaban con miradas inquisidoras. (A esa hora por la avenida Corrientes pasa mucha gente). En un instante me vinieron a la mente los momentos más felices de mi infancia, mi primer beso, la fiesta de graduación, aquel invierno en la playa… Recordé a los que ya no están, pensé en Dios, vi a Juana de Arco ardiendo en la hoguera... Presentí los titulares de los diarios al día siguiente: “Justicia por mano propia, multitud enardecida descuartiza al sátiro del Subte B”

Por suerte no pasó nada de eso que imaginé. Ya más calmada, Lau se acercó a Pili, la tomó por la cintura como a un soldado herido después de una batalla y caminaron en dirección al obelisco. Los curiosos se dispersaron y por fin crucé la avenida Corrientes. Contuve la respiración cuando pasé cerca de dos policías, por miedo a que escucharan los latidos de mi corazón delator.  

25 de noviembre de 2013

El revés del alma

Ya no sé si soy yo el que busca estos libros, o si son ellos los que me encuentran a mí. Me está gustando mucho leer esta novela, hace honor a su título, es realmente un viaje hacia el revés del alma. 


Intento abrir la ventanilla del baño, la que da al patio de luz. En su oscuridad cavernosa las ropas colgadas parecen banderas muertas. Quiero dejar entrar el aire, pero está atascada, apenas logro abrirla unos centímetros. Me levanto sin rumbo fijo, aunque en este par de cuartos, cocina y baño, no tengo muchos destinos posibles. Miro a mi alrededor: ropa en el suelo, copas sobre la mesa, libros abiertos, la cama deshecha. Un viento nostálgico se cuela por la diminuta abertura de la ventana del baño. Echo de menos la casa de la “Reina Madre”, la mesa dispuesta por la mañana desde temprano, el pan tibio, oloroso, los potecitos de mermelada. Y Marcelina, siempre contenta de compartir alguna humorada de esas simples y transparentes, sin los dobles sentidos que siempre se me escapan en las reuniones de mis amigos. Pobre mamá, ella no tiene la culpa. Construyó su castillo para nosotros, para que fuéramos felices… y le fallamos. Quiso por hija a Gretel, a Rapunzel, niñas inocentes, amables, heroicas, y en su lugar llegué yo. Anheló un príncipe valiente, recio y fuerte que con su brío derribara hasta al más fervoroso de los enemigos, y en su lugar llegó mi padre. Un Peter Pan estacionado en la nostalgia de su infancia.
Movida por estos pensamientos ordeno la cama, abro las ventanas, limpio el polvo de mesas y repisas; pongo en su lugar los libros, lavo las copas, riego el cardenal del balcón, le saco brillo al espejo de la sala… y se abre una inesperada perspectiva de luz.
Desde pequeña veía a mi madre yendo y viniendo por la casa sin cesar, pasando el dedo por encima de los muebles para asegurarse de que no tuvieran polvo, sacando y poniendo flores de una vasija hasta lograr una composición perfecta. Me gustaba espiarla oculta en un rincón, imaginando que en ese continuo sin fin encontraría la clave de su ser. Y fue en una de aquellas ocasiones, cuando de pronto vi el piso oscilar, crujir y abrirse bajos sus pies. La vi caer por un precipicio de vasijas, tijeras, terciopelos, repollos, rosas, zapatos y mermeladas. La vi precipitándose al vacío sin poder agarrarse de nada, porque al intentarlo los objetos se desintegraban en sus dedos. La vi caer, desgarrarse la ropa, golpearse la cabeza con los cantos del precipicio, sangrar hasta volverse un amasijo de carne sanguinolenta. A partir de aquel día, cuando ella me pedía ayuda para preparar una salsa de chocolate o sacar la ropa de verano y guardar la de invierno, yo corría a perderme para que no me arrastrara en su abismo. Mucho tiempo después, cuando leí a Salinger, esa imagen del despeñadero por donde caían los niños volviéndose adultos me recordó mi pesadilla.
Mientras pienso en estas cosas, doblo las camisas de Rodrigo hacia un lado y luego hacia el otro, las blancas a un costado, las de colores al otro, enseguida las poleras azules, las blancas y las negras. Los suéteres en la repisa de más abajo, los de cuello tortuga, los de cuello en V y los de cuello redondo. Nadie lo pensaría, pero Rodrigo es un poco inseguro con respecto a su apariencia. Antes de salir, siempre me pide mi opinión, aunque hace tiempo que ya no lo miro, simplemente apruebo como se aprueba la gracia de un niño por enésima vez, mientras se piensa en otra cosa.
Cuando lo conocí yo tenía diecisiete años, sin embargo, aparentaba trece. Era mi primer año de teatro. Para que nadie advirtiera mi flacura y, por consiguiente, fuera obligada a comer, ocultaba mi cuerpo bajo innumerables suéteres, medias y pantalones un par de tallas más grandes que la mía. De todos los cursos a los cuales asistía, la clase de movimiento que impartía Rodrigo era mi mayor martirio. Nunca me he sentido tan inapropiada como en ese par de horas. La sala olía a hembra, y los humores de mis compañeras dejaban en evidencia mi imposibilidad de ser como ellas. Sus movimientos más nimios se transformaban en gestos cargados de erotismo y sus gritos guturales que acompañaban algunos ejercicios, se acercaban a los gemidos que yo imaginaba debía provocar el acto sexual. Yo me pasaba la mayor parte del tiempo en el rincón más apartado de la sala.
No obstante, un día, mientras intentaba expresar con mi cuerpo la potencia del viento, algo cambió. Me despojé de todo lo que llevaba puesto. No sé qué fuerza se adueñó de mí, sólo sabía en ese momento que mis infinitas pieles de cebolla laboriosamente tejidas durante años, pesaban toneladas y me fijaban al suelo y que el viento no podía levantar ese peso. Mi cuerpo tomó posesión de la sala, desatando la más feroz de las tormentas. Mis brazos cortaban el cielo, mi torso se doblaba hasta quebrarse y mis pies se elevaban impulsados por la energía del viento. Al terminar caí al suelo, estaba exhausta, sudaba de pies a cabeza. De pronto escuché un zumbido en mis oídos que se fue haciendo más intenso hasta llenar todo el espacio. Eran mis compañeras que aplaudían, una inesperada felicidad recorrió mi cuerpo, un manto pacífico y cálido. Me quedé quieta, sin decir palabra. Rodrigo se acercó a mí, me tomó suavemente por los codos y me ayudó a levantarme. Vi una extraña expresión en sus ojos donde se combinaban la dulzura y la desesperación. Después de ese día con frecuencia sentí su mirada cuando él creía que no podía verlo, rozándome el cuello o intentando hundirse en mis ojos bajos. Me parecía imposible que Rodrigo, amor platónico de toda la escuela, se fijara en mí. Algo andaba mal…

…Desde entonces hasta hoy, temo la llegada de aquel momento cuando mi cuerpo de mujer logre traspasar las barreras que le he impuesto, a fuerza de comer casi nada o vomitar todo lo que pruebo. Me lo imagino estallando, aflorando a través de mis huesos, avanzando como la lava de un volcán, desparramándose inclemente, hasta cubrirme de adiposas e infernales cavidades. Mientras tanto, Rodrigo aún me mira con ojos embelesados y venera la ausencia total de curvas en mi cuerpo.
Dos meses después me trasladé a vivir con él. Inútiles fueron los intentos de mi madre por disuadirme. “Estás destruyendo tu vida” me dijo. “No llegarás a ninguna parte por ese camino”. Tantas esperanzas que había puesto en mí, las clases de ballet, de canto, de francés, ¿para qué?, ¿para que me fuera a vivir a un barrio de mierda con un actorcito desconocido ocho años mayor que yo? Qué diría la familia, sus amigas. Yo sabía que salir de mi casa era la única forma de salvarme. Mi madre me ahogaba y Rodrigo parecía quererme.
Pero de eso hace mucho tiempo, ahora debo terminar mi café y vestirme, ya es hora de partir. El cielo tras las aburridas nubes de acero tiene un tono azul muy claro, transparente casi.

El revés del alma - Carla Guelfenbein 

10 de noviembre de 2013

Cartas a Chepita

Hace más de cien años, un viejo médico judío, se dio cuenta de que el amor es un estado de locura temporal. Pero el padre del psicoanálisis vivió hace mucho tiempo, y además, vaya a saber uno que le ponía ese hombre a su pipa…
Hoy da la impresión, que después de siglos de sufrimiento inútil, por fin nos despertamos y evolucionamos. Dejamos atrás la locura y concebimos una clase de amor que puede ser “racional”. La vida moderna nos exige reflexión, sensatez, prudencia. Y actuamos en consecuencia: Te quiero, pero no te metas con mi vida. Te deseo, pero bajo ciertas condiciones, ni se te ocurra pasarte de la raya. Te necesito, pero no siempre, sólo cuando a mí se me da la gana.
Parece que lo logramos, evolucionamos, dejamos atrás la locura y nos convertimos en seres perfectamente racionales. Hoy ya nadie muere por amor. Hoy nos morimos de soledad.

Chepita Rodríguez - Jaime Sabines

te quiero
te quiero te quiero te quiero
te quiero
te adoro te amo te necesito
te odio te repudio te adoro
eres mi pan, mi aire
agua, sol y vida
lo indispensable mío para ser yo
eres lo que pienso, eres lo que imagino
eres, ay, lo que deseo, el anhelo y la sed
y el hambre de tu cuerpo
el anhelo y la sed y el hambre de tu alma
este dolor continuo
esta persistente inquietud
este morir a gotas sobre mí mismo
eres esa recóndita alegría de poseerte
esa íntima felicidad de saber que eres mía, sin palabras
más allá de tu cuerpo, mía solamente
mía total, únicamente mía como mi muerte

te digo que te quiero
te repito que estás en mí como yo mismo
te confieso otra vez que estoy enfermo de ti
que me eres necesaria como un vicio tremendo
imprescindible, exacta, insoportable
y eres mi salud, mi fortaleza, mi canto puro, mi alma intacta
devengo ser en ti
soy cosa, cielo, infierno, tabú, divinidad
soy en ti lo contradictorio y lo simple
la última esencia, el uno, la realidad

te quiero… multiplícalo por cien
te quiero… multiplícalo por mil
te quiero… multiplícalo por ti:
el resultado es igual a Jaime, igual a tuyo, igual a siempre

Jaime Sabines - Cartas a Chepita

30 de octubre de 2013

Sueño

Un sueño que tuve el fin de semana pasado…

Camino por una vereda paralela a las vías del tren, es una noche oscura, casi no hay gente en la calle. El clima es frío pero agradable, llevo puesto un saco de lana color verde agua, con el cuello levantado. El piso está húmedo, mojado como después de una lluvia. Lo recuerdo claramente porque camino lento y mirando hacia abajo, ensimismado. A cada paso que doy veo como aparecen y desaparecen las puntas de mis zapatos.
Intento esquivar algo que se interpone en mi camino, algo que sobresale del nivel normal de la vereda -tal vez una tapa de alcantarilla- y al mismo tiempo, veo unos zapatos de mujer.
Levanto la vista, es mi tía Graciela. La miro y me sorprendo, tiene un aspecto deslumbrante. Lleva un vestido blanco precioso, con muchos detalles de brillos, encajes y volados. Tiene un peinado bellísimo y un semblante angelical, todo en ella es perfección y armonía. (Y me doy cuenta que está delgada, muy delgada). Ella me mira y sonríe. Me acerco y le digo:

- ¿Qué hacés por acá sola? ¡Es muy tarde!
- Voy a casa.

Apoyo mis manos sobre sus hombros, le digo que se apure, que es muy tarde, y le doy un beso de despedida. (Un beso en la boca, como un niño pequeño que besa a su madre).
Al momento en que mis labios rozaran los suyos, me invade una felicidad infinita, una plenitud inexplicable. El peso de la vida se me deshace en un instante, el universo entero se me instala en el centro del pecho, para siempre.
No lo dudo, quiero más, vuelvo a besarla, vuelvo a rozar mis labios con los suyos. Y todo lo que había sentido con el primer beso se multiplica, sobrepasando ya los límites de lo imaginable, paz absoluta, satisfacción definitiva, dicha incalculable.
La veo caminar y perderse entre las sombras de la noche. Yo subo las escaleras de un puente que debo cruzar para llegar a casa. Un puente antiguo de hierro, de estilo inglés, con celosías.

Mi tía Graciela falleció el 9 de marzo de 2013.



23 de octubre de 2013

Encogimiento de hombros


Fernando Pessoa

Damos comúnmente a nuestras ideas de lo desconocido el color de nuestras nociones de lo conocido: si llamamos a la muerte un sueño, es porque parece un sueño por fuera; si llamamos a la muerte una nueva vida, es porque parece una cosa diferente de la vida. Con pequeños malentendidos con la realidad construimos las creencias y las esperanzas, y vivimos de las cortezas a las que llamamos panes, como los niños pobres que juegan a ser felices.
Pero así es toda la vida; así, por lo menos, es ese sistema de vida particular al que, en general, se llama civilización. La civilización consiste en dar a algo un nombre que no le compete, y después soñar sobre el resultado. Y, realmente, el nombre falso y el sueño verdadero crean una nueva realidad. El objeto se vuelve realmente otro. Manufacturamos ideales. La materia prima sigue siendo la misma, pero la forma, que el arte le ha dado, la aleja de continuar siendo efectivamente la misma. Una mesa de pino es pino pero también es mesa. Nos sentamos a la mesa y no al pino. Un amor es un instinto sexual, pero no amamos con el instinto sexual, sino con la presuposición de otro sentimiento. Y esa presuposición es ya, en efecto, otro sentimiento.
No sé qué efecto sutil de luz, o ruido vago, o memoria de perfume o música, tañida por no sé qué influencia externa, me ha traído de repente, en pleno ir por la calle, estas divagaciones que anoto sin prisa, al sentarme en el café, distraídamente. No sé a dónde iba a conducir mis pensamientos, o dónde preferiría conducirlos.
El día es de una leve niebla húmeda y caliente, triste sin amenazas, monótono sin razón. Me duele un sentimiento que desconozco; me falta un argumento no sé sobre qué; no tengo deseo en los nervios. Estoy triste por debajo de la conciencia. Y escribo estas líneas, realmente mal anotadas, no para decir esto, ni para decir nada, sino para dar un trabajo a mi distracción.
Voy llenando lentamente, a trazos flojos de lápiz, el papel blanco de envolver los bocadillos que me han dado en el café. Porque no necesitaba un papel mejor y cualquiera servía, siempre que fuese blanco. Y me doy por satisfecho. Me reclino. La tarde cae monótona y sin lluvia, con un tono de luz desalentado e inseguro. Y dejo de escribir, sólo porque dejo de escribir.

Fernando Pessoa - Libro del desasosiego

11 de octubre de 2013

El hombre invisible


H. G. Wells

Uno experimenta la dolorosa necesidad de convencerse a sí mismo de que existe, de veras, en el mundo real; de que uno participa en el eco y la angustia de todos, y uno crispa los puños, ataca, maldice y blasfema para obligar a los demás a que reconozcan su existencia. Sin embargo rara vez lo logra.

H. G. Wells - El hombre invisible

28 de septiembre de 2013

Naturaleza

Un cuentito de Dal Masetto…
¿Por qué será que a veces nos cuesta tanto entender las cosas que nos dicen? ¿Será por amor o por estupidez?
Va por todas las Marías Jimenas que pasaron por mi vida… Ahora que lo pienso, creo que fueron demasiadas… Prometo lavarme las orejas más seguido.

Cuando hace unos meses el amigo Darío conoce a María Jimena y le sugiere que vivan juntos, ella pone cara de tristeza y dice:
-Mirá que yo soy mala.
Darío no hace caso de la advertencia e insiste con la propuesta. Finalmente María Jimena se muda a su departamento y durante unas semanas la vida parece sonreírles. Hasta que María Jimena desaparece un par de días. Cuando ella regresa llora mucho y no para de decir:
-Soy mala.
A partir de ahí las desapariciones de María Jimena se repiten con cierta periodicidad. Vuelve, llora y se acusa:
-Soy mala…
Darío es un hombre enamorado y cuando se permite algún reproche lo desliza con delicadeza, tratando de no herir a María Jimena. Pero sufre, es obvio.
Después se entera que el candidato que le roba a María Jimena nunca es el mismo, siempre se trata de un hombre diferente. Darío no sabe si este detalle debería producirle alivio o hacerlo sentir todavía más desgraciado.
Para colmo descubre que María Jimena le sustrajo algunos cheques y le falsificó la firma. También le ha estado usando la tarjeta para extraer dinero de dos cajas de ahorro. Las extracciones coinciden con las fechas de sus fugas. Cada vez que María Jimena regresa compungida y Darío le hace una pequeña escena de celos y le pregunta por qué actúa de esa manera, ella siempre contesta lo mismo: que no puede evitarlo, que está en su naturaleza, que es una mala persona.

Acá es donde Darío me llama, tomamos un café y me pone al tanto de los pormenores.
-Ella insiste en que es mala, pero yo estoy seguro que es más buena que el pan, quiero saber tu opinión. Me dice.
-Es posible que ella sea buena y actúe como mala, porque no sabe que es buena. Le digo.
-¿Y cómo hay que hacer para que se entere? Pregunta Darío.
-Ese es el problema. Pensemos juntos.
El que piensa es él. 
-Creo que ya lo tengo. Dice.

Me explica. A partir de ahora nada de escenas de celos, nada de investigaciones, nada de exigencias y mucho menos de acusaciones. Pondré la cuenta corriente, las cajas de ahorro e incluso los plazos fijos a nombre de ambos. Será una forma de obligar a María Jimena a enfrentarse solita y sola con las consecuencias de sus actos, de que se haga cargo de sí misma y por ese camino, al fin, se entere de quien es y descubra su verdadera esencia. Por lo tanto, absoluta libertad de acción y en consecuencia también absoluta responsabilidad para María Jimena.
Darío pone en práctica su plan. Cuando María Jimena se entera pregunta:
-¿Por qué hiciste eso?
Entonces Darío, mirándola a los ojos con firmeza, le expone prolijamente la teoría de la mujer buena que se cree mala. La jugada causa su impacto y en los días siguientes María Jimena se pasea como sonámbula por el departamento repitiendo una y otra vez:
-Soy buena, soy buena, soy buena…
Al parecer está encantada con la flamante personalidad que se le acaba de revelar. La situación sigue así hasta que María Jimena se esfuma una vez más. Darío comprueba que ella se llevó todo el dinero de la cuenta corriente, de las cajas de ahorro y de los plazos fijos. Durante un tiempo él espera que, esté donde esté, la verdadera naturaleza de María Jimena se imponga sobre su falsa maldad, y ella regrese y se arroje en sus brazos.

Después de un tiempo me enteré que Darío recibió una postal desde Río de Janeiro. La postal era una toma nocturna de la bahía, con el Cristo Redentor iluminado al fondo. En la postal María Jimena sólo escribió: “Soy una chica mala, muy mala”.

Naturaleza - El padre y otras historias - Antonio Dal Masetto 

22 de septiembre de 2013

¡Feliz primavera!

Según los cálculos astronómicos, el equinoccio de primavera en el hemisferio sur ocurrió hace unos minutos, a las 17:44 exactamente. Me quedé mirando fijo el reloj, esperando la hora señalada… Y nada... (Se ve que no tengo mucho que hacer) No pasó nada, no sentí nada, ni siquiera una cosquilla…
Por definición: “el equinoccio de primavera corresponde al momento en que los polos de la Tierra se encuentran a igual distancia del Sol, por lo que la luz solar es igual en ambos hemisferios, y las horas de luz son iguales a las horas de oscuridad”
Pensé que eso sería importante: Que las horas de luz sean iguales a las horas de oscuridad parece importante. Pero no… Parece que no… No pasó nada…
Estoy delirando. No cambio más, estoy cada vez más igual, ya no sé que hacer conmigo... Se aceptan sugerencias… 



4 de agosto de 2013

"Home". I say




Querido diario, me temo que estoy gravemente enferma
Tal vez sea en momentos como estos, en que uno se ve reflejado en cosas del pasado. Una prenda de vestir de cuando era niña, una chaqueta verde, un paseo con mi padre
Un juego que una vez jugamos, fingíamos ser hadas. Yo soy un hada niña y mi nombre es Lauralee, y tú eres un hada niño y tu nombre es Teetery
Has como que somos hadas y nos peleamos
Y yo digo: "deja de golpearme o moriré"
Y tú me golpeas otra vez y te digo: "Ahora me tengo que morir"
Y tú dices: "Pero te voy a extrañar"
Y yo digo: "Pero tengo que morir”
Y tendrás que esperar un millón de años para verme otra vez. Y a mí me pondrán en una caja, y sólo necesitaré un pequeño vaso de agua, y montones de pequeños trocitos de pizza. Y la caja tendrá alas pequeñas como un avión
Y tú preguntarás: "¿A dónde te llevará?”
"A casa". Digo

23 de julio de 2013

Para darle cuerda al mundo


El malentendido amoroso... 
O las hormonas que nos vuelven locos... 
O los amores eternos, que duran una semana...


18 de julio de 2013

Abrazable

Ayer esperaba el semáforo junto a otras personas para cruzar Rivadavia, y escucho que una nenita dice: - ¡Papá, este osito es muy abrazable! (Miré hacía un costado, la nenita no tenía más de seis años y seguramente el osito era nuevo, recién comprado)
Me quedé pensando… ¿Qué fue lo que nos hizo perder la capacidad de ver la vida de esa manera?

14 de julio de 2013

Time

Me desperté tarareando el estribillo de esta canción...
Ya es tiempo... 

video

Time

Aposté mi dinero en Harlow y la luna está en la calle
Y los chicos en las sombras rompen todas las reglas
Estás al este de East Saint Louis y el viento suelta su discurso
Y el sonido de la lluvia es como una ronda de aplausos

Y Napoleón está llorando en un salón de carnaval
Su novia invisible está en el espejo.
Y la banda se va a casa, están lloviendo martillos, están lloviendo uñas
Y es cierto que no hay nada más que hacer en esta tierra

Y es tiempo, tiempo, tiempo
Y es tiempo, tiempo, tiempo
Y es tiempo, tiempo, tiempo de que ames
Y es tiempo, tiempo, tiempo

Todos fingen que son huérfanos y su memoria es como un tren
Es más pequeña a medida que se aleja 
Y todo lo que no puedo recordar me habla de lo que no puedo olvidar
Esa historia pone un santo en cada sueño

Bien, ella dijo que estaría por aquí hasta que se le caigan las vendas
Pero esos nenes de mamá no saben cuando rendirse
Matilda pregunta a los marineros ¿esos son sueños o son plegarias?
Así que cierra tus ojos, hijo, y esto no te hará tanto daño

Y es tiempo, tiempo, tiempo
Y es tiempo, tiempo, tiempo
Y es tiempo, tiempo, tiempo de que ames
Y es tiempo, tiempo, tiempo

Tom Waits

7 de julio de 2013

El miedo a la vulnerabilidad

La definición de “vulnerable” que aparece en el diccionario de la Real Academia de la Lengua, es: que puede ser herido o recibir lesión, física o moral.
Más coloquialmente, estaríamos diciendo que si nos mostramos vulnerables, podríamos resultar heridos o salir dañados.
Y esta posibilidad genera mucho miedo, en algunos casos, pánico.
La parte física es la que más fácil nos resulta de identificar. Es previsible o cabe dentro de lo que es posible, que suframos una lesión si nos colocamos en situaciones de riesgo en las que podríamos resultar heridos, como por ejemplo, transitar a pie voluntariamente de noche por un callejón oscuro en una ciudad peligrosa, o, tirarse por el torrente de un río sin ninguna protección, etc.
Pero el terreno al que me interesa referirme es, precisamente, aquel que no se ve, aquel que es más difícil de identificar ya que no muestra señales externas evidentes.
Hablo del corazón, y por lo tanto de los sentimientos.
Mostrarse vulnerable en este campo equivaldría a descubrir ante el otro lo que se siente, es decir, exponerse. De esa forma, le dejo saber que soy susceptible de ser herido, que si sufro un rechazo de su parte, éste va a resultar doloroso para mí.
Y nadie desea que esto le suceda.
Pero desafortunada, o, afortunadamente, nadie puede escapar al sufrimiento.
Estoy hablando de personas corrientes, no de los casos de los psicópatas. Éstos son incapaces de sentir, tanto las alegrías como las tristezas.
Para una gran mayoría de los mortales, existe la creencia extendida de que si no se muestran los sentimientos se será más fuerte y se estará protegido.
Y me pregunto: ¿más fuerte que quién? y ¿protegido de qué?
Obviamente más fuerte que el que “parece” más vulnerable. Y pongo la palabra entre comillas ya que parecer vulnerable no es sinónimo de que se sea. En el fondo las personas que comulgan con esta idea, desprecian, a la vez que envidian en su interior, al que muestra lo que siente.
Paradójicamente, si muestro mi propia vulnerabilidad, cierto es que me expongo a ser herido, pero al mismo tiempo, en esa vulnerabilidad se haya mi fortaleza.
Fortaleza que se alimenta del hecho de haber perdido el miedo a sufrir.
Es sorprendente comprobar todo lo que llegamos a inventarnos los seres humanos para evitar el sufrimiento. ¡Como si eso fuera posible!
En mayor o en menor medida, el hecho de estar vivos incluye una dosis de sufrimiento.
Bien sea por una pérdida, un accidente, una enfermedad, un desamor... siempre aparece una fuente de dolor en la existencia. Ampararse en una concha de dureza para evitar ser vulnerable y sentir dolor es una mentira. No existe nadie invulnerable.
Quizás lo que habría que preguntarse es ¿de dónde proviene ese miedo?
Y la respuesta, me atrevo a afirmar, es que el miedo se originó probablemente como consecuencia de una primera rotura del corazón en el pasado.
No me refiero a una causada por un desamor. Generalmente proviene de una herida más antigua, quizás un padre o una madre, o, un familiar, que, probablemente de manera inconciente, nos rompió el corazón. Es lógico que se cree un resorte automático llamado protección ante cualquier posibilidad de volver a vivir y a experimentar el daño que se sufrió en el pasado. 
De ésta manera solemos blindarnos. Es habitual que se hiperdesarrolle la razón, ésta no produce dolor si la maltratan. 
Pero si persistimos en seguir protegidos con este blindaje, corremos el peligro de perdernos la experiencia de amar y ser amados. Puede sonar un poco cursi, pero, ¿tiene sentido vivir sin amar? Yo creo que no.
Al final lo único que nos llevaremos a la tumba serán los momentos en que hemos compartido cualquier tipo de amor con otro: llámese pareja, amigo, colega, hermano.
El camino para aislar el momento en nuestra vida en que nos rompieron el corazón por primera vez, nos llevará a sanar la herida.
No suele ser un camino corto ni agradable, pero sí tremendamente liberador.
Podremos comprender que ya no necesitamos seguir protegiéndonos.
Sí, en la vida sufriremos arañazos que nos dejarán heridos, pero en la medida en que podamos ir dejando la protección, iremos teniendo una piel más gruesa.
En otras palabras, exponiendo nuestro corazón seremos más vulnerables, sí, pero así mismo, nos haremos cada vez más fuertes. Paradójico, ¿cierto?
Nuestra capacidad de recuperación nos sorprenderá, ya que, ésta será cada vez más rápida. Siempre, quien es más vulnerable, es la persona más fuerte.
Por esa razón ponía más arriba la palabra entre comillas. Aparentemente se es más frágil, pero no nos equivoquemos, esta fragilidad es sólo una apariencia.

23 de junio de 2013

Horóscopo

Nada mejor que comenzar la semana con la guía de los astros….
Con mi signo acertó -Libra-… Necesito vitamina C… Jajaja!
Buena semana!!!

Leo Masliah

Aries
Este mes los astros no ejercerán ningún tipo de influencia sobre usted. Siéntase libre de hacer lo que quiera, y como quiera.

Tauro
Habrá importantes novedades en el amor, pero usted no estará al tanto de ellas. En todo caso, pregunte al diariero o a la señora de la panadería. Ellos podrán pasarle algún chisme.

Géminis
La lectura de un horóscopo tendencioso y redactado por astrólogos con poca experiencia y sin escrúpulos, le acarreará numerosas dificultades.

Cáncer
Estás demasiado receptivo en relación con los demás. Tu receptividad no se ajusta a la medida de la situación. No creas que te van a dar tanto.

Leo
Mercurio entra en un signo hostil. Evite mezclar amor con dinero, salvo, naturalmente, que ésa sea su forma de ganarse la vida.

Virgo
Se presentarán nuevos miembros en la familia, ya sea por nacimientos, casamientos, o simple generación espontánea de primos, tías o cuñados.

Libra
Se ha adentrado usted en un otoño benévolo al que seguirá un crudo invierno para el que conviene prepararse desde ya. Consuma vitamina C.

Sagitario
Usted vive en el hemisferio sur, y desde ahí no tiene posibilidades de ver la Osa Mayor, que es su constelación de la suerte. Venda todo y emigre, o cómprese un osito de peluche.

Escorpio
El tiempo no pasa para usted. Sus actividades son rutinarias y consisten en interminables ciclos monótonos y reiterativos. Si quiere saber más, consulte el horóscopo de la semana pasada o el de la anterior.

Capricornio
Si te cuidas adecuadamente y evitas los excesos tanto en la comida como en el sueño y en cualquier otra actividad física, tendrás una semana signada por un excelente estado de salud. Mucho mejor que el de la semana que viene.

Acuario
Alcanzará grandes metas, y cuando las haya alcanzado ya no sabrá qué hacer. Es una lástima que no haya pensado en esto antes.

Piscis
Se presentarán algunas dificultades económicas y para sobrellevarlas usted no tendrá más remedio que convertirse en informante de la policía. Sin embargo, no permita que su desesperación lo/a ponga en desventaja. No acepte ciegamente la primera oferta. La información que usted tiene es de gran importancia, así que… hágala valer.

Leo Masliah

21 de junio de 2013

Flores

Buen finde!!!... Especialmente para los que salieron como desesperados, y terminaron atascados en alguna ruta, con la excusa de ir a "descansar"... :p


"Vení a bailar en mis brazos que al fin
Es una fiesta la vida
Yo sé que a veces parece que no
Pero hay que honrar las heridas" 




Por si me marcho una noche
Y a modo de testamento
Les dejo cuatro palabras
Amor humor paz y tiempo
Y el canto que está en el alma
Que es todo lo que yo tengo

Vení llevame en tus brazos mi amor
Y recostame en el día
En el puertito del sur corazón
Donde empezaba mi vida

Cierro mis ojos para recordar
Abrazos de bienvenida
Llevo conmigo placer y dolor
Y un brindis por la alegría

Así que no cortes flores mi amor
Porque no vale la pena
Es una siembra la vida será
Lo que atrás van cosechando

Anduve calles y calles y esquinas
Metido en mi pensamiento
Tomé lo bueno y lo malo
Para soñar el momento
La noche me puso alas
Y regresé con el viento

Vení a bailar en mis brazos que al fin
Es una fiesta la vida
Yo sé que a veces parece que no
Pero hay que honrar las heridas

Así que no cortes flores mi amor
Porque no vale la pena
Es una siembra la vida será
Lo que atrás van cosechando

Flores - Pablo Routin


9 de junio de 2013

El hombre que confundió a su mujer con un sombrero


Oliver Sacks

El doctor P. era un músico distinguido, había sido famoso como cantante, y luego había pasado a ser profesor de la Escuela de Música local. Fue en ella, en relación con sus alumnos, donde empezaron a producirse ciertos extraños problemas. A veces un estudiante se presentaba al doctor P. y el doctor P. no lo reconocía; o, mejor, no identificaba su cara. En cuanto el estudiante hablaba, lo reconocía por la voz. Estos incidentes se multiplicaron, provocando situaciones embarazosas, perplejidad, miedo... y, a veces, situaciones cómicas. Porque el doctor P. no sólo fracasaba cada vez más en la tarea de identificar caras, sino que veía caras donde no las había: podía ponerse, afablemente, a lo Magoo, a dar palmaditas en la cabeza a las bocas de incendios y a los parquímetros, creyéndolos cabezas de niños; podía dirigirse cordialmente a las prominencias talladas del mobiliario y quedarse asombrado de que no contestasen. Al principio todos se habían tomado estos extraños errores como gracias o bromas, incluido el propio doctor P. ¿Acaso no había tenido siempre un sentido del humor un poco raro y cierta tendencia a bromas y paradojas tipo Zen? Sus facultades musicales seguían siendo tan asombrosas como siempre; no se sentía mal... nunca en su vida se había sentido mejor; y los errores eran tan ridículos (y tan ingeniosos) que difícilmente podían considerarse serios o presagio de algo serio. La idea de que hubiese «algo raro» no afloró hasta unos tres años después, cuando se le diagnosticó diabetes. Sabiendo muy bien que la diabetes le podía afectar a la vista, el doctor P. consultó a un oftalmólogo, que le hizo un cuidadoso historial clínico y un meticuloso examen de los ojos. «No tiene usted nada en la vista», le dijo. «Pero tiene usted problemas en las zonas visuales del cerebro. Yo no puedo ayudarle, ha de ver usted a un neurólogo.» Y así, como consecuencia de este consejo, el doctor P. acudió a mí.
Se hizo evidente a los pocos segundos de iniciar mi entrevista con él que no había rastro de demencia en el sentido ordinario del término. Era un hombre muy culto, simpático, hablaba bien, con fluidez, tenía imaginación, sentido del humor. Yo no acababa de entender por qué lo habían mandado a nuestra clínica.
-¿Y qué le pasa a usted? -le pregunté por fin.
-A mí me parece que nada -me contestó con una sonrisa- pero todos me dicen que me pasa algo raro en la vista.
-Pero usted no nota ningún problema en la vista.
-No, directamente no, pero a veces cometo errores.
Salí un momento del despacho para hablar con su esposa. Cuando volví, él estaba sentado junto a la ventana muy tranquilo, atento, escuchando más que mirando afuera.
-Tráfico -dijo- ruidos callejeros, trenes a lo lejos... componen como una sinfonía, ¿verdad, doctor? ¿Conoce usted Pacific 234 de Honegger?
Qué hombre tan encantador, pensé. ¿Cómo puede tener algo grave? ¿Me permitirá examinarle?
-Sí, claro, doctor Sacks.
Apacigüé mi inquietud, y creo que la suya, con la rutina tranquilizadora de un examen neurológico: potencia muscular, coordinación, reflejos, tono... Y cuando examinaba los reflejos (un poco anormales en el lado izquierdo) se produjo la primera experiencia extraña. Yo le había quitado el zapato izquierdo y le había rascado en la planta del pie con una llave (un test de reflejos frívolo en apariencia pero fundamental) y luego, excusándome para guardar el oftalmoscopio, lo dejé que se pusiera el zapato. Comprobé sorprendido al cabo de un minuto que no lo había hecho.
-¿Quiere que le ayude? -pregunté.
-¿Ayudarme a qué? ¿Ayudar a quién?
-Ayudarle a usted a ponerse el zapato.
-Ah, sí -dijo- se me había olvidado el zapato -y añadió, sotto voce-: ¿El zapato? ¿El zapato?
Parecía perplejo.
-El zapato -repetí-. Debería usted ponérselo.
Continuaba mirando hacia abajo, aunque no al zapato, con una concentración intensa pero impropia. Por último posó la mirada en su propio pie.
-¿Éste es mi zapato, verdad?
¿Había oído mal yo? ¿Había visto mal él?
-Es la vista -explicó, y dirigió la mano hacia el pie-. Éste es mi zapato, ¿verdad?
-No, no lo es. Ése es el pie. El zapato está ahí.
-¡Ah! Creí que era el pie.
¿Bromeaba? ¿Estaba loco? ¿Estaba ciego? Si aquél era uno de sus «extraños errores», era el error más extraño con que yo me había tropezado en mi vida.
Le ayudé a ponerse el zapato (el pie), para evitar más complicaciones. Él, por otra parte, estaba muy tranquilo, indiferente, hasta parecía haberle hecho gracia el incidente. Seguí con el examen. Tenía muy buena vista: veía perfectamente un alfiler puesto en el suelo, aunque a veces no lo localizaba si quedaba a su izquierda.
Veía perfectamente, pero ¿qué veía? Abrí un ejemplar de la revista National Geographic y le pedí que me describiese unas fotos.
Las respuestas fueron en este caso muy curiosas. Los ojos iban de una cosa a otra, captando pequeños detalles, rasgos aislados. Una claridad chocante, un color, una forma captaban su atención y provocaban comentarios... pero no percibió en ningún caso la escena en su conjunto. No era capaz de ver la totalidad, sólo veía detalles, que localizaba como señales en una pantalla de radar. Nunca establecía relación con la imagen como un todo... nunca abordaba, digamos, su fisonomía. Le era imposible captar un paisaje, una escena.
Le enseñé la portada de la revista, una extensión ininterrumpida de dunas del Sahara.
-¿Qué ve usted aquí? -le pregunté.
-Veo un río -dijo-. Y un parador pequeño con la terraza que da al río. Hay gente cenando en la terraza. Veo unas cuantas sombrillas de colores.
No miraba, si aquello era «mirar», la portada sino el vacío, y confabulaba rasgos inexistentes, como si la ausencia de rasgos diferenciados en la fotografía real le hubiese empujado a imaginar el río y la terraza y las sombrillas de colores.
Aunque yo debí poner mucha cara de horror, él parecía convencido de que lo había hecho muy aceptablemente. Hasta esbozó una sombra de sonrisa. Pareció también decidir que la visita había terminado y empezó a mirar en torno buscando el sombrero. Extendió la mano y agarró a su esposa por la cabeza intentando ponérsela. ¡Parecía haber confundido a su mujer con un sombrero! Ella daba la impresión de estar habituada a aquellos percances.

Oliver Sacks - El hombre que confundió a su mujer con un sombrero