“ y el carmín era fuego en mi frente, y sólo mucho después
comprobé,
mirando su boca, que no llevaba carmín”
Francisco Umbral
Esta semana volví a leer “Las
ninfas”, de Francisco Umbral. Fue el primer libro que
leí por mi cuenta y por deseo propio, siendo muy chico. Aún estaba cursando
la escuela primaria cuando lo leí por primera vez.
Al libro lo encontré en la casa de mi abuela durante un verano,
lo había dejado olvidado una de mis primas, que ya estaba con la cabeza en
cosas más importantes, muy de novia y a punto de casarse.
Lo leí a escondidas durante ese verano, en la terraza, a la
sombra del follaje de un naranjo enorme que cubría casi todo el techo de la
casa de mi abuela.
Y ahora lo acabo de terminar de leer, y más
que nunca, tengo la sensación de que hoy no sería quien soy si no lo hubiera leído
durante mi niñez. Es una sensación rara, difícil de explicar, es como si el
libro fuera yo, o parte de mí, o parte de lo que soy.
En fin, no era un libro para que cayera en manos de un
chico, es un libro para adultos, o adolescentes por lo menos. Pero evidentemente tuvo una gran influencia en mi cabecita virgen de aquellos años. Y quien sabe, tal
vez si sólo me hubiera quedado con la lectura de “Oliver Twist” y “Mi planta de
naranja lima”, hoy no sería quien soy…
…Subimos o bajamos escaleras, no sé. Siempre respirando la
atmósfera turbia y coloreada del vino, aquella humedad roja que se extendía por
las paredes, por el aire y por la luz. Luego estuvimos solos en una habitación
que era como un panteón medieval, un sótano como una tumba de madera negra con
mucho envigado. Al fondo de la estancia, bajo una bombilla muy escasa, había
como un gran barreño de madera, como una gran cuba cortada y llena de vino, que
yo había visto otras veces en otras vinaterías y almacenes de vinos.
María Antonieta se quitó con mucho cuidado una cinta del
pelo, como si al hacerlo se le fuese a caer rodando la cabeza, siempre un poco
hierática. Y le dije me gusta tu cinta y se echó a reír. Y luego se quitó toda
la bisutería -sin duda de precio- que llevaba encima, dejando sobre una cuba
aquel montoncito de brillos, pendientes, collares, joyeles, diademas, sortijas,
pulseras y cosas. Y le dije, así estás más bella, así estás mejor. Y ella me
dijo estás borracho princeso, pero yo no estaba borracho.
Y luego se quitó el vestido, retorciéndose mucho por las estrecheces de la ropa, desprendiendo con todo cuidado los botones, herretes, corchetes y cosas que llevan las mujeres. Y así me gustaba más que nunca, y también se quitó los zapatos de señorita. Y luego se quitó las medias con ligas, pues se había vestido concienzudamente, siendo así que pensaba desvestirse enseguida -conmigo- en la vinatería. Y aprendí para siempre, aunque estuviese borracho -que no lo estaba- que las mujeres se visten más el día que más prestas están a desnudarse.
Y luego se quitó el vestido, retorciéndose mucho por las estrecheces de la ropa, desprendiendo con todo cuidado los botones, herretes, corchetes y cosas que llevan las mujeres. Y así me gustaba más que nunca, y también se quitó los zapatos de señorita. Y luego se quitó las medias con ligas, pues se había vestido concienzudamente, siendo así que pensaba desvestirse enseguida -conmigo- en la vinatería. Y aprendí para siempre, aunque estuviese borracho -que no lo estaba- que las mujeres se visten más el día que más prestas están a desnudarse.
Me gustaba así, con el pelo suelto, con la piel más morena o
más pálida de lo que yo había imaginado, con las piernas desnudas y los pies
descalzos. Otra vez infantil, niña, ninfa. Sin todo el odioso revestimiento de
madurez y riqueza que se ponía encima para salir a la calle. Cuando se deshizo
de sus claras y finas y transparentes y breves lencerías interiores, ya no
sonreía, estaba seria como ganada por la gravedad del momento.
María Antonieta dio unos pasos, casi de puntillas, hacia
aquella especie de gran barreño lleno de vino y se metió dentro. Y el vino le
llegaba por debajo de las rodillas y estaba con los brazos cruzados sobre el
pecho, cogiéndose los codos, como si la fuesen a bautizar con vino. Y a mí me
recordó no sé qué láminas, no sé qué libros, no sé qué cuadros. ¿Vienes? dijo,
y se sentó dentro del vino, que así le llegaba por las caderas. Y salían de
aquel baño de vino sus senos tenues y sus rodillas fuertes, luminosas. ¿Vienes?
Y me desnudé y me metí en el barreño con ella y era divertido estar allí. Y nos
besamos y nos salpicamos con vino y nos dimos de beber uno al otro, en el
cuenco de las manos.
No sé en qué momento salimos del vino y nos echamos sobre un
camastro que yo no había visto y que quizá no fuese sino un montón de pellejos
vacíos, con una manta encima. Y su cuerpo estaba amargo de vino, pero la besé
con minuciosidad, la devoré con devoción, como luego ella a mí. De modo que a
ratos nos reíamos y a ratos jadeábamos, y debajo del sabor del vino estaba el
sabor blanco y joven de su cuerpo. Y probé a poseerla y a ser poseído. Y al
final me acariciaba el pelo con ternura, estás manchado de vino, decía riendo,
y aquello era tan obvio que era divertido que lo dijese. Y yo miraba la
bombilla como un fruto mezquino, intensa de pronto como un sol, mientras
cerraba los ojos y me decía que había ido hasta lo más hondo de una mujer, más
allá del tiempo y el espacio. Porque poseyendo a una mujer se posee algo más,
algo que ya no es ella, la dimensión desconocida. Esa entidad de sombra y de
luz, de fuego y de velocidad que anda presentida más allá de la vida. Ese
vacío tan colmado, esa plenitud tan ligera en la que uno cae como en una muerte
que no fuese la muerte, sino esa cosa dulce y vertiginosa que debiera ser la
muerte.
Las ninfas - Francisco Umbral

