Ayer, más o menos a las cinco de la tarde, subía por las
escaleras de la estación Callao del Subte B. A mi lado iba una chica: cabello rubio
planchado, vestidito de hilo color marfil, unos veinticinco años de edad… Casi
nos chocamos cuando llegamos al último escalón, justo antes de pisar la vereda.
Íbamos en direcciones opuestas, ella para el lado de la librería Zivals, yo a
cruzar la avenida Corrientes. Nos miramos fugazmente, a los dos se nos dibujó en
el rostro una sonrisita boba, a causa del pequeño incidente.
Di un paso al
costado para dejarla pasar, y al mismo tiempo escuché un alarido ahogado, muy
agudo. Giré y volví a mirar a la chica: una generosa -muy generosa- cantidad de
excremento de paloma se había derramado sobre su frente, le recorría parte de
la nariz y le manchaba los labios. Ella me miró desencajada, horrorizada, casi con
la misma expresión de Linda Blair en algunas escenas de “El exorcista”…
Le ofrecí un pañuelo. (Para esta época del año siempre llevo
pañuelos descartables, la "pelusa" de los "plátanos de sombra" suele provocarme estornudos a
repetición). Ella se limpió parte de la cara, miró la caca que quedó adherida en
el pañuelo y volvió a soltar otro alarido, más ahogado y más agudo que el primero.
Después de ofrecerle cuatro pañuelos más, y de que ella soltara sus cuatro
alaridos correspondientes, intenté calmarla. Le dije que se quedara tranquila, que
ya estaba limpia, que no tenía nada… Entonces sorpresivamente, apareció una
segunda chica en escena.
- ¡Pili! ¡Pili! ¡¿Qué te pasa?! ¡¡¡¿Qué te pasa?!!! (La agarró
por los hombros y la sacudió varias veces)
- ¡Lau!... (Fue lo único que llegó a decir Pili, con un hilo de voz y todavía poseída por el espíritu de Linda Blair)
Lau soltó a Pili, hizo una pausa, su cuerpo se tensó. Y como
entendiendo por fin qué le había pasado a su amiga, dio media vuelta violentamente
y me miró con furia. Arremetió y me empujó, pero no logró moverme. Entonces
embistió con más fuerza, una vez, y otra vez más. Perdí el equilibrio y fui a
dar casi contra la vidriera de Zivals. Para cuando reaccioné, me di cuenta que
varias decenas de personas me rodeaban, se habían detenido a observar el
incidente y me acosaban con miradas inquisidoras. (A esa hora por la avenida Corrientes
pasa mucha gente). En un instante me vinieron a la mente los momentos más felices
de mi infancia, mi primer beso, la fiesta de graduación, aquel invierno en la
playa… Recordé a los que ya no están, pensé en Dios, vi a Juana de Arco
ardiendo en la hoguera... Presentí los titulares de los diarios al día
siguiente: “Justicia por mano propia, multitud enardecida descuartiza al sátiro
del Subte B”…
Por suerte no pasó nada de eso que imaginé. Ya más calmada, Lau se acercó a Pili, la tomó por la cintura como a un soldado herido después de una batalla y caminaron en dirección al obelisco. Los curiosos se dispersaron y por fin crucé la avenida Corrientes. Contuve la respiración cuando pasé cerca de dos policías, por miedo a que escucharan los latidos de mi corazón delator.
Por suerte no pasó nada de eso que imaginé. Ya más calmada, Lau se acercó a Pili, la tomó por la cintura como a un soldado herido después de una batalla y caminaron en dirección al obelisco. Los curiosos se dispersaron y por fin crucé la avenida Corrientes. Contuve la respiración cuando pasé cerca de dos policías, por miedo a que escucharan los latidos de mi corazón delator.

